Nombrando Emociones: Herencia de padres a hijos

Por: Francesco Lavarello


Cuando los padres se dan cuenta que su hijo está creciendo, tratan de poner todo su esfuerzo en ayudarlo a aprender los nombres de todo aquello que para el niño es nuevo en el exterior. Como por ejemplo que vean algo enorme, que es frío por dentro y caliente por fuera, como lo es la refrigeradora, o una cosa redonda que es suave y sirve para jugar como la pelota o tal vez ver algo duro, marrón y verde como lo es un árbol. En estos primeros años de educación hacia el niño se suele poner nombre a las cosas que antes solo se sentían suave, duro, pegajoso, feo, bonito, etc. Pero resulta más trabajoso para los padres ayudar a sus hijos poder nombrar a las cosas que sienten y se originan desde el interior como la ira, felicidad, tranquilidad, tristeza, asco, miedo, horror, sorpresa, etc; estas son llamadas emociones.

Para continuar con los primeros años de educación de los niños, es necesario darle importancia al nombrar las emociones, para que después puedan ser manejadas por los propios niños. Esta labor es un proceso que lleva tiempo, esfuerzo y práctica, pero es necesaria para que los niños en un futuro puedan comunicarse adecuadamente, y más adelante socializar con las personas fuera de su entorno familiar. Para ello es importante considerar el clima familiar, el cual consiste en las emociones de los padres, hermanos mayores o abuelos que viven en la casa y que pueden ser expresadas o no. Es importante que en este espacio familiar se permita ingresar también las emociones que el niño está expresando, pero quizás no de manera verbal o usando la palabra como los demás. El niño puede estar expresando ira al fruncir el ceño, tristeza con las lágrimas o molestia haciendo un berrinche. A pesar de estar expresando sus emociones, aún no sabe nombrarlas o ponerlas en palabras.


Los niños podrán empezar a nombrar las emociones cuando haya primero una intervención de los padres con una descripción de lo que le está pasando al niño en un determinado momento y así permitir que conecte con la emoción. Por ejemplo: a un niño no le gusta estar en el patio de la casa para jugar, porque solo mira sus juguetes favoritos y no los toca, además de tener la cara seria porque prefiere jugar en la sala, los padres interviene diciendo: "Parece que estas triste por estar aquí, ¿dónde te haría más feliz estar jugando?" De esta manera, interpretamos lo que el niño siente con sus gestos y acciones, para ponerlo en una pregunta. Esta labor es copiada por el niño cuando ve a su madre o a su padre con la misma cara que los miraron, es decir, de estar serio en sus gestos por lo que también preguntará: ¿Papá estas triste?


Es en la intervención del padre donde es indispensable que los adultos sean coherentes también con sus emociones y no las ocultemos frente a los hijos. Con esto último no se pretende decir que no podamos ocultar alguna emoción negativa a nuestros hijos, pero si hacerles saber de manera verbal como nos sentimos y no reprimirlo porque ellos si sienten e interpretan qué sentimos. Sería beneficioso comunicar lo negativo y no solo lo positivo para que el niño pueda comprender que también es libre de comunicar en palabras no solo su felicidad sino también su tristeza y habrá un adulto que también pueda comprenderlo. Porque después de todo si el niño no expresa su ira, no tendrá espacio para sentir alegría.


Referencias


Thompson, R.A., y Meyer, S. (2007). Socialization of emotion regulation in the family. En: Gross, J. (Ed.); Handbook of Emotion Regulation (pp. 249-265). New York- London: Guilford Press.

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