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Habitar la incertidumbre: cuando no saber también nos transforma

  • 24 jun
  • 3 min de lectura

Por: Luzdora Vargas




Vivimos en una época que nos exige respuestas inmediatas. Debemos saber qué estudiar, qué trabajo elegir, qué queremos hacer con nuestras vidas e incluso cómo deberíamos sentirnos. La incertidumbre suele ser presentada como algo incómodo que debe resolverse cuanto antes. Sin embargo, ¿qué ocurriría si la incertidumbre no fuera un error ni una falla, sino una condición inevitable de la existencia humana?


Desde el psicoanálisis, Janine Puget propone una reflexión que cuestiona profundamente nuestra necesidad de certezas. En su texto Qué difícil es pensar: incertidumbre y perplejidad, la autora señala que los seres humanos necesitamos construir una sensación de estabilidad y previsibilidad para sentirnos seguros en el mundo. Según Puget, "todo sujeto necesita pensarse sobre bases coherentes, previsibles, estables" como una manera de protegerse de aquello que resulta ajeno, imprevisible y desconocido (Puget, 2002).


Esta necesidad de certeza puede observarse en múltiples aspectos de la vida cotidiana. Buscamos explicaciones para lo que nos ocurre, intentamos anticipar el futuro y construimos narrativas que nos permitan sentir que comprendemos nuestra historia. Cuando algo inesperado sucede —una pérdida, una crisis económica, una ruptura amorosa o un cambio importante en nuestras vidas— esas explicaciones dejan de funcionar y aparece una experiencia emocional particular: la perplejidad.


Para Puget, la perplejidad surge cuando nuestras referencias habituales dejan de ser suficientes para comprender lo que estamos viviendo. Es el momento en que sentimos que las categorías con las que pensábamos el mundo ya no alcanzan para explicar la realidad. Aparecen entonces frases frecuentes como "no sé qué hacer", "no entiendo lo que está pasando" o "no sé cómo pensarlo". La autora describe esta experiencia como un estado de desorientación que puede incluir angustia, desconcierto y dificultades para pensar (Puget, 2002).


Sin embargo, la propuesta de Puget no consiste en eliminar la incertidumbre. Por el contrario, sostiene que la incertidumbre forma parte de la estructura misma de los vínculos humanos y de la vida social. Ninguna relación, ninguna decisión y ningún proyecto pueden desarrollarse bajo condiciones de certeza absoluta. Siempre existe algo del otro y del futuro que permanece abierto e impredecible.


Esta idea cuestiona una creencia profundamente arraigada en nuestra cultura: la ilusión de control. Con frecuencia actuamos como si fuera posible anticipar completamente lo que ocurrirá mañana. Planificamos, organizamos y calculamos escenarios futuros buscando reducir el margen de incertidumbre. Sin embargo, la experiencia demuestra una y otra vez que existen acontecimientos imposibles de prever. Para dar cuenta de esta dimensión impredecible de la vida, Puget propone la noción de un "Principio Inconsciente de Incertidumbre", señalando que la incertidumbre no constituye una excepción, sino una condición permanente de la existencia (Puget, 2002).


Lo más interesante de su planteamiento es que la incertidumbre no aparece únicamente como fuente de sufrimiento. También puede convertirse en una oportunidad para la creación. Cuando las viejas certezas se derrumban, surge la posibilidad de producir nuevas formas de pensar, de vincularse y de habitar el mundo. La autora observa que los momentos de crisis suelen generar experiencias dolorosas, pero también pueden dar lugar a respuestas creativas y a nuevas formas de organización colectiva.


Desde esta perspectiva, pensar implica tolerar un cierto grado de incertidumbre. Muchas veces buscamos respuestas rápidas para aliviar la angustia de no saber. Sin embargo, las explicaciones cerradas pueden funcionar como defensas que interrumpen la interrogación y la curiosidad. Puget advierte que algunas certezas terminan convirtiéndose en obstáculos porque impiden descubrir nuevas posibilidades y comprender aquello que emerge como verdaderamente novedoso (Puget, 2002).


Esta reflexión resulta especialmente relevante en una sociedad que premia la rapidez y la seguridad. Pareciera que siempre debemos tener una respuesta, una opinión o un plan definido. No obstante, algunas de las preguntas más importantes de la vida requieren tiempo. ¿Quién soy? ¿Qué deseo? ¿Qué quiero hacer con mi vida? Son interrogantes que difícilmente puedan responderse de manera definitiva.


Quizá por ello la incertidumbre no sea simplemente un estado incómodo que deba superarse. Tal vez constituya un espacio necesario para el crecimiento y la transformación. Permanecer un tiempo en la duda permite que aparezcan nuevas preguntas, nuevos sentidos y nuevas formas de comprender la realidad.


Habitar la incertidumbre no significa resignarse ni abandonar los proyectos. Significa aceptar que existen aspectos de la vida que nunca podremos controlar completamente. Implica reconocer que la vulnerabilidad forma parte de nuestra condición humana y que no siempre es posible anticipar el resultado de nuestras decisiones.


Tal vez una de las tareas más difíciles sea precisamente esa: continuar avanzando aun cuando no tenemos todas las respuestas. Aprender a vivir sin garantías absolutas. Soportar la incomodidad de no saber. Porque, como sugiere Janine Puget, es precisamente allí, en ese espacio de perplejidad e incertidumbre, donde también puede nacer algo nuevo.


Referencias bibliográficas

Puget, J. (2002). Qué difícil es pensar: incertidumbre y perplejidad. Revista de Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica Argentina, 59(1), 129-145.

 
 
 

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