¿Jugar siendo adultos?
- hace 6 días
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Por: Luzdora Vargas.

Durante mucho tiempo hemos pensado que jugar pertenece a la infancia, como si fuera una etapa que se deja atrás junto con los juguetes. Sin embargo, quizá lo que realmente dejamos no es el juego, sino la posibilidad de sentirnos seguros para hacerlo.
A partir de la introducción del primer libro de La Casa de la Familia surge una idea central: jugar no es una actividad exclusiva de los niños; es un potencial que se construye desde la infancia, pero que nos acompaña toda la vida. Implica tener un espacio, interno y externo, donde la imaginación pueda desplegarse sin la urgencia de defenderse constantemente del mundo. Cuando ese espacio no existe, cuando la vida se organiza alrededor de la amenaza, la mente deja de jugar y empieza a sobrevivir.
En ese sentido, hay algo profundamente humano en el juego que solemos pasar por alto. No se trata solo de distraerse o “desconectarse”, sino de una forma de estar en el mundo con mayor apertura. Jugar permite flexibilizar la mente, salir de lo rígido, de lo repetitivo, de aquello que muchas veces se instala cuando vivimos demasiado tiempo en tensión.
Quizá por eso, a muchos adultos les cuesta jugar. No porque hayan olvidado cómo hacerlo, sino porque han aprendido, muchas veces sin darse cuenta, a sostenerse desde el control, la exigencia o la alerta constante. En esos casos, jugar puede sentirse incómodo, innecesario o incluso difícil de permitir.
Sin embargo, recuperar el juego no implica volver atrás, ni actuar como si fuéramos niños otra vez. Implica, más bien, permitirse crear sin miedo al error, vincularse sin la rigidez de los roles, imaginar sin la exigencia de que todo tenga un propósito inmediato. Un espacio donde uno pueda, por un momento, dejar de defenderse.
Volver a jugar, en muchos casos, es volver a confiar. En ese sentido, el juego se parece a las cosquillas: no desaparece, pero solo se permite cuando hay seguridad.
En esa misma línea, el juego no solo transforma la relación que uno tiene consigo mismo, sino también la forma en que se vincula con los niños. Cuando un adulto logra habitar ese espacio (más flexible, menos defensivo) no solo se permite crear o aflojar, sino que amplía su capacidad de encuentro. Para el niño, jugar es su modo de existir, de comunicar y elaborar aquello que aún no puede poner en palabras. Pero ese juego necesita de un otro que pueda sostenerlo sin invalidarlo, no corregir de inmediato, no imponer sentido. En ese punto, el adulto que recupera su propia posibilidad de jugar no enseña, sino que acompaña; no interrumpe, sino que se deja incluir. Y en ese encuentro, el juego deja de ser solo una actividad y se vuelve un espacio compartido donde ambos pueden, de distintas maneras, sentirse más reales.
Y tal vez ahí radica su dificultad: jugar implica bajar la guardia. Implica exponerse a lo incierto, a lo no controlado, a lo que no siempre tiene sentido. Pero también es lo que permite que algo nuevo aparezca.
En la adultez, además, el juego suele transformarse en formas más sutiles. Aparece en el humor compartido, en las bromas que solo ciertos vínculos comprenden, en los gestos espontáneos que rompen con la rutina. También se manifiesta en la creatividad: en escribir, dibujar, imaginar, inventar historias o incluso en la manera en que resignificamos lo que nos ocurre. Son formas de juego menos visibles, pero igual de necesarias.
No todos los espacios, sin embargo, permiten que esto ocurra. Hay relaciones donde uno se mantiene contenido, midiendo palabras y gestos, y otras donde el juego surge casi sin esfuerzo. En ese contraste, el juego funciona como un indicador silencioso: donde podemos jugar, podemos ser un poco más nosotros mismos.
Ser adulto no debería significar dejar de jugar, sino aprender a sostener ese espacio incluso cuando la vida exige otras cosas. Porque, al final, no se trata de regresar a la infancia, sino de no perder aquello que la hacía posible: la seguridad de poder ser, sin tener que defenderse todo el tiempo.
Quizá por eso, más que aprender a jugar de nuevo, se trata de permitirnos no haberlo perdido del todo. De reconocer esos momentos en los que algo se afloja, en los que aparece la risa sin explicación, en los que dejamos de sostenernos desde la exigencia y simplemente habitamos lo que somos. Ahí, incluso por un instante, el juego vuelve a existir.
Referencias bibliográficas
Alayza, A. (2009) Introducción. La Casa de la Familia. Una contribución psicoanalítica a la salud pública en el Perú. Lima: UNMSM.

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