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El niño que juega no está perdiendo el tiempo

  • 21 abr
  • 2 min de lectura

Por: Vanessa Villalobos.



Una mirada psicoanalítica sobre el juego


¿Cuántas veces hemos pensado que los niños "solo están jugando"? Como si el juego fuera una forma de escapar de las tareas y los deberes, algo que cumple un papel secundario. Pero, ¿qué pasaría si ese momento en que un niño construye torres, inventa personajes o simplemente corre, en realidad, es una de las partes más fundamentales de su crecimiento?

Desde la Casa de la Familia, el juego no nos resulta una actividad superficial. Es, ante todo, un lenguaje. Un lenguaje que el niño usa para procesar lo que siente, para entender el mundo que lo rodea y, sobre todo, para construirse a sí mismo.


"El juego es la prueba continua de la capacidad creadora, que quiere decir: estar vivo."

— D. W. Winnicott, Realidad y juego (1971)


Donald Winnicott, uno de los psicoanalistas que más se enfocó en la infancia, describió el juego como un espacio intermedio entre el mundo interno del niño y la realidad externa, ese lugar donde la imaginación y lo real se encuentran. Cuando un niño juega, no está escapando de su realidad, está aprendiendo a habitarla.


Asimismo, podemos decir que el juego también es un camino hacia el descubrimiento del mundo emocional. A través del juego, los niños expresan sus miedos, desarrollan conflictos y reparan vínculos. Así como una niña que cuida a su muñeca como una mamá, o el niño que una y otra vez hace chocar sus carros, no están simplemente jugando: están procesando, imaginando, poniendo en escena algo que aún no pueden decir con palabras.


Françoise Dolto (1984) añade un factor fundamental: el juego es también el espacio donde el niño construye su identidad. Ser "el doctor", "el monstruo" o "el héroe" no son simples roles, es un ensayo de sí mismos. El niño se pregunta quién es mientras juega a ser otros.

Entonces, cuando un niño juega, ¿Qué está haciendo realmente? Está desarrollando su capacidad de pensar, de relacionarse, de tolerar lo que le molesta y de crear. Por lo tanto, podemos decir que está creciendo.


Como adultos, y especialmente como padres, vale la pena preguntarse: ¿estamos dejando tiempo y espacio para esta parte tan importante? No al juego dirigido, no a la actividad extracurricular, sino ese momento sin instrucción donde el niño simplemente puede ser. Ese espacio, que puede parecer vacío, está lleno de vida. 


El niño que juega no está perdiendo el tiempo. Está, quizás, haciendo el mejor uso de él.


Referencias bibliográficas

Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Gedisa Editorial.

Klein, M. (1955). La técnica psicoanalítica del juego: su historia y significado. En Nuevas direcciones en psicoanálisis. 

Dolto, F. (1984). La imagen inconsciente del cuerpo. 

 
 
 

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