El juego en los niños como forma de terapia
- 15 jun
- 3 min de lectura
Por: María Fernanda Caiguaraico

Cuando vemos a un niño jugar, muchas veces pensamos que simplemente se está entreteniendo, pasando el tiempo o usando su imaginación. Nos fijamos en los juguetes que escoge, en las historias que inventa o en cuánto tiempo permanece concentrado en una actividad. Sin embargo, el juego puede decirnos mucho más de lo que parece a simple vista. No solo muestra lo que al niño le gusta o le llama la atención, sino también puede darnos pistas sobre cómo se siente, qué le preocupa, qué está intentando entender y de qué manera vive lo que ocurre a su alrededor.
Mientras juega, el niño mezcla lo que imagina con cosas de la vida real (Winnicott, 1971). Toma objetos cotidianos, como muñecos, carritos, platos, bloques o telas, y les da un significado propio según lo que necesita expresar en ese momento. Así, un objeto deja de ser solo un objeto y pasa a formar parte de una historia que tiene sentido para él. A través de ese juego, el niño no solo crea escenas, sino que también va poniendo afuera lo que siente por dentro. Por eso, el juego puede convertirse en una forma muy valiosa de expresión, porque le permite mostrar emociones, tensiones, dudas o deseos que todavía no sabe explicar con palabras.
Esto es especialmente importante porque los niños no siempre cuentan de manera directa lo que les pasa. Muchas veces sienten cosas intensas, pero no tienen todavía el lenguaje, la claridad o la seguridad para decirlas abiertamente (Labos, 1998). Un niño puede estar triste, preocupado, confundido o incluso molesto, sin saber cómo nombrar eso que siente. En cambio, en el juego sí puede mostrarlo. Lo hace a través de los personajes que inventa, las escenas que repite, los conflictos que aparecen en sus historias o la forma en que organiza lo que sucede. Por eso, observar cómo juega un niño puede ayudarnos a comprender mejor su mundo emocional, incluso cuando él o ella no dice nada de manera explícita.
Un ejemplo muy común es cuando un niño juega a la casita. Desde afuera puede parecer que solo está imitando lo que ve en su entorno: cocinar, cuidar a un bebé, ordenar la casa o ir a trabajar. Pero en realidad ahí puede estar pasando algo más profundo. Mientras representa esas escenas, el niño organiza en su mente lo que conoce de la vida diaria, intenta entender los roles de las personas que lo rodean y le da un sentido propio a esas experiencias. No se trata solo de copiar lo que ve, sino de procesarlo a su manera. A través del juego, puede explorar situaciones, repetirlas, cambiarlas y probar distintas formas de comprenderlas.
Por eso se dice que el juego tiene un valor terapéutico. No porque reemplace siempre una terapia profesional, sino porque en sí mismo puede ayudar al niño a expresar, ordenar y elaborar lo que siente. El juego le ofrece un espacio seguro, propio y natural donde puede mostrar su mundo interno sin sentirse presionado a explicarlo todo. Mientras juega, va dando forma a sus emociones, las va entendiendo poco a poco y encuentra una manera de aliviar tensiones o preocupaciones. En ese sentido, jugar no es solamente divertirse: también es una forma de crecer, de conocerse mejor y de procesar lo que vive.
Referencias bibliográficas
Labos, E. (1998). Niños en psicoanálisis. Psicoanálisis, 20(2), 305-326.
Winnicott, D. (1971). Realidad y juego. Gedisa.


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