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El juego en los adultos: ¿Seguimos jugando?

Por: Fátima Napán Jara



De niños, percibimos el mundo y nuestro alrededor de intensos colores, tamaños y formas; nuestra atención es captada rápidamente ante diferentes situaciones que acompañamos de la inmensa imaginación que poseemos y que, rápidamente y sin notarlo, se vuelven un juego. Jugar a la pelota, cartas, a ser astronautas en el espacio o ser cocineros en el puesto de ceviche; brincar la soga, armar castillos, o simplemente saltar por la vereda evitando las líneas... No hace falta más que ser una niña pequeña nuevamente para que aquel mundo colorido vuelva a nuestras manos, aunque solo fuera por unas horas.


De grandes, vemos nuestras vidas hacia atrás y parece que aquella escena lúdica hubiese quedado más lejos que cerca; la seriedad de la vida adulta nos aleja lenta y paulatinamente de nuestros juguetes, para poner en nuestras manos responsabilidades, tareas o trabajos; sin notarlo, dejamos de jugar. Pero, ¿realmente dejamos de jugar? ¿se acaba nuestra imaginación? Algunos pensarán que sí, otros que no. Pero, tal vez, toda aquella imaginación que utilizábamos para animar personajes y crear fortalezas hechas de cartón, ahora sea la creatividad que usamos para diseñar el logo de una marca o inventar deliciosas recetas con solo 3 ingredientes en el refrigerador; creatividad con la que jugamos a ser electricistas en casa y logramos cambiar los focos o reparar con cinta cables casi rotos. Nuestra imaginación no desaparece, la esencia del juego no desaparece, se transforma. Pero, más allá de la evolución funcional (trabajo y hogares) de nuestra creatividad, aún conservamos 2 de las habilidades que empezamos a desarrollar mediante el juego cuando éramos niños y que nos causaban tanto disfrute: el poder jugar con el otro y la fantasía.


Es probable que al recordar momentos de juego, pensemos en alguna persona que estuvo con nosotros, al menos en una ocasión. Tal vez papá, tal vez mamá. Tal vez algún maestro en el nido, alguna hermana en casa, algún amigo, o tal vez alguien que como nosotros, no tenía con quien jugar y que llegaba a compartir tan solo 10 minutos de juego silencioso antes de seguir su propio camino. Al jugar, siempre hay un otro, a veces en mejores condiciones que otras, pero siempre hay un otro. En ese sentido, cuando llegamos a ser grandes, tenemos la oportunidad, de ser nosotros, aquel otro que extiende su mano para ayudar a aquellos niños pequeños a mantener el equilibrio mientras exploran y disfrutan de su imaginación y juego. Sin embargo, podríamos llegar a pensar o sentir que las obligaciones de la adultez no nos dejan suficiente tiempo para poder sentarnos al suelo a jugar con los carros de hijos, hermanitos o sobrinos. Lo que sucede, es que podemos haber olvidado que, en efecto, tenemos aún la capacidad lúdica dentro nuestro, aún podemos divertirnos jugando, no hace falta más que perder la vergüenza y poner al servicio nuestra atención e involucramiento verdadero. Veremos que, los niños pequeños son capaces de prestarnos por unas horas la libertad sus fantasías, la espontaneidad de sus cuerpos y sus risas contagiosas. Ellos nos regalan todas estas invaluables oportunidades que nos permiten reconectar con nuestra propia infancia, que veíamos hacia atrás del camino, tan lejana. Todo eso, a cambio de nuestra atención, acompañamiento y ser nosotros aquel otro.


Antes mencioné brevemente la fantasía, pero ¿a qué fantasía me refiero? Pues a la fantasía por la que hemos intercambiado el juego infantil. Ya no son los juguetes plásticos o de madera los que nos brindan satisfacción. Ni las cocinitas, ni los soldaditos ubicados en posición de ataque y defensa a lo largo de la sala. Lo que sucede, es que crecemos, maduramos, cambiamos, y junto a nosotros, nuestras capacidades mentales, por lo que ya no es necesario tener castillos ni dinosaurios en las manos, porque ahora nuestra mente es capaz de fantasear miles de escenarios y personajes. Muchas veces seremos nosotros quienes, en un sueño diurno, haremos el rol de protagonista enfrentado a situaciones “impensables” e “inimaginables”; y muchas otras nos imaginamos vidas paralelas con personas nuevas, existentes o hasta inventadas. Lo único que cedemos son los objetos, mucho o pocos juguetes que tuvimos, pero la imaginación, se mantiene intacta (Freud, 1905).


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