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¿A qué huele nuestra infancia?

Por: Guillermo Alvarado


En los lugares más profundos de nuestra memoria infantil hay un lugar reservado para los olores que percibimos cuando éramos bebés. Son hilos invisibles que han ido tejiendo nuestras experiencias tempranas y se extendieron hasta nuestra adultez. El olfato es tan poderoso que nos transporta a momentos específicos con papá, mamá, algún familiar o a lugares específicos, al primer viaje a la playa o a nuestra comida favorita.

Desde el psicoanálisis se considera al olfato como una pieza fundamental en el desarrollo del bebé y el niño. Es una forma de comunicación entre la madre y el bebé, porque es el bebé quien reconoce y busca el olor de su mamá cuando está angustiado, cuando tiene hambre o cuando quiere recibir afecto. Es una forma muy primaria de reconocimiento, pero muy fuerte durante esos primeros momentos de vida, es lo que permite que el bebé sobreviva y pueda relacionarse con quienes lo cuidan y acogen. En ese sentido, genera recuerdos gratos, transportándonos a recuerdos cargados de afecto y tranquilidad con nuestros cuidadores; dejando una huella imborrable en nuestra memoria, muchas veces inexplicables de forma racional.

¿No ha pasado que simplemente olemos algo y nos genera una calma inexplicable? ¿Acaso no hemos sentido olores que nos han hecho acordar de algo que pasó hace muchos años? Pues esa es la huella de los olores, muchas veces imperceptibles para nuestra parte racional. De hecho, pareciera que a veces es difícil controlarlo. Cuando olemos algo agradable nos llena de paz y placer de forma automática. Nos podemos tapar la nariz, pero el olor de todas forma penetra en nuestra nariz y nos hace sentir algo. Pues es lo mismo que sienten los niños, cuando la comida está lista saben que la preparó alguien que los cuida y quiere, se llenan de alegría y afianzan esa confianza con quien los alimenta.

¿Pero solo se aplica para personas? Por supuesto que no, los niños también registran olores de los objetos que les gustan. Cuantas veces hemos visto que un niño no deja un peluche, lo quiere cerca y no permite que ni lo laven; se lo acerca, lo huele y juega con el cada vez que puede con el, incluso lo lleva a los viajes familiares. Ese objeto tiene una fragancia particular que calma al niño, que le da seguridad al tenerlo consigo; es el olor, la textura y como se ve que le hace sentir esa paz que necesita, tal como lo hacían sus cuidadores cuando era un bebé.

Es así que quizás sería interesante navegar por aquellas primeras fragancias que percibimos cuando éramos pequeños, inevitablemente nos harían pensar en la importancia que tuvo el sentido del olfato para constituirnos como personas y por qué es tan importante que el niño pueda asociar ciertas fragancias a recuerdos gratos y de calma. Recordar los olores de nuestra infancia nos hace revivir esos momentos de fragilidad propia, muchas veces generándonos melancolía y nostalgia. Los olores de la infancia nos recuerdan quienes somos y de dónde venimos.


1 Comment


Carol Lawrence
Carol Lawrence
hace 3 días

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